Durante unas seis décadas, Cuba fue el laboratorio latinoamericano donde se fabricaba y probaba el anhelado "hombre nuevo", que impulsaría la construcción de una verdadera "nueva sociedad". La promesa era tan buena, que pocos la rechazaron. Desde aquellos años románticos hasta hoy, el mundo cambió bastante, Cuba quedó atrapada en el pasado, ahí permanece.
Vivimos en un mundo posideológico; el presidente estadounidense, Donald Trump, no tiene ideología: no es conservador, neoconservador ni socialista. Trump es un negociante "deal-maker".
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Cuba ya no tiene el barniz ideológico que inspiró respeto en muchas personas, incluidos quienes no comulgaban con su ideología. Todas esas cosas cambiaron. Nada es igual.
Los principales estados socialistas se reinventaron.
La primera gran oferta revolucionaria del planeta fue la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS); colapsó entre 1989-1991, la revolución leninista se autodestruyó, Rusia retornó al capitalismo.
China, el proyecto socialista más grande del planeta, hizo uso de su herencia taoísta, se fue transformando y adaptando, hoy su estado socialista administra una economía capitalista. La revolución de Ho Chi Ming, en Vietnam, también sufrió su proceso de adaptación a las nuevas condiciones.
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Para los tres estados, valió la pena, el cambio innegablemente elevó las condiciones de vida de sus pueblos. Rusos, chinos y vietnamitas viven mejor que siendo comunistas, los Cubanos son el único pueblo que después del comunismo, vive peor que durante el comunismo, eso debe cambiar.
A los cubanos les corresponde dar ese salto cuántico urgente, que dieron aquellas sociedades que antes fueron socialistas.
En Cuba desapareció la ideología, solo queda la clase gobernante aferrada al poder como si fuera su herencia familiar, los cubanos necesitarán ayuda para salir de ellos. Otros pueblos necesitaron ayuda externa para derrocar un gobierno totalitario. Los dominicanos solos no se quitaron a Trujillo de encima, recibieron ayuda crucial del extranjero.
Hay una realidad urgente, Cuba necesita transformarse para darle a su sacrificado pueblo la oportunidad de mejorar sus estándares de vida. Todos los pueblos apoyarían ese cambio. Podemos disentir de ciertos métodos, pero el fin justifica los medios, y todo el mundo está de acuerdo: Cuba merece mejor suerte.
Por J.C. Malone